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Nacho Maquinay

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Resiliencia

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  • noviembre 9, 2025
  • 9:30 pm
Nacho Maquinay, Psicólogo Sanitario en Gijón especialista en ansiedad.

La Resiliencia

Soy Nacho Maquinay, psicólogo en Gijón y en mi consulta veo muchos casos como este:

Gente que viene porque está atravesando una situación difícil y se ven superados. Y cuando digo «superados», no me refiero a que estén un poco tristes o a que necesiten un empujón. Me refiero a que han tocado fondo, a que sienten que la vida les ha puesto una prueba tan pesada que no pueden ni saben cómo superarla, no les apetece en muchos casos ni salir de la cama. 

Agotamiento Vital

Esta sensación de agotamiento vital es el día a día en la salud mental actual. La gente ya no pide volar; simplemente quieren poder respirar sin que duela, ir dando pasos en la dirección correcta para salir del túnel en el que se sienten atrapados. Es una sensación de colapso, de que todos los mecanismos de afrontamiento que antes funcionaban, ahora se sienten obsoletos.

Esta situación puede ser generada, por ejemplo, por problemas en el trabajo, por una relación de pareja basada en el conflicto o por un sentimiento de soledad.

El Cuerpo se resiente 

Son situaciones en las que, el que las padece, sufre una vorágine de emociones desagradables que las hacen más complicadas y se pueden producir muchos bloqueos a nivel físico, psicológico y vital. La vorágine es traicionera. No solo sufres la tristeza, la rabia o la ansiedad que te genera el problema (la emoción primaria), sino que inmediatamente después te asaltan la culpa, la vergüenza o la frustración por sentir eso (las emociones secundarias). Es el “no debería ser así” el que termina de destrozar a la persona, impidiendo que avance. El cuerpo se tensa, la mente se nubla, y el mundo se encoge hasta el tamaño de la habitación en la que estás. Las horas muertas se llenan de rumiación mental, de darle vueltas y vueltas al por qué en lugar de al para qué.

Según el modo en que uno confronte dichas situaciones, estás pueden enquistarse o pueden ser un trampolín, un medio para superar el estado actual y mejorar mediante crecimiento personal. El objetivo, y esto es crucial, no es obligarse a crecer; el objetivo inicial es desenquistar, desatascar esa tubería emocional para que el agua (o sea, la vida) vuelva a fluir, aunque sea poco a poco. Es un proceso de desescombro emocional, y solo una vez que has retirado la basura, puedes empezar a pensar en construir algo nuevo y más fuerte.


Definición de resiliencia: El contraste entre la teoría y el barro

Es la capacidad de adaptarse positivamente a la adversidad, recuperándose de situaciones de trauma, conflicto o estrés significativo y, a menudo, fortaleciéndose con la experiencia.

La definición es muy guapa, la verdad, pero hacer limonada cuando la vida te da limones y crecer a nivel personal, bueno, cuanto menos puede ser un poco difícil. La realidad es que muchas veces te dan limones, te dan un puñetazo en la boca y luego la gente espera que, en lugar de quejarte por el dolor, saques una botella de tequila y te montes la fiesta del siglo. Esa presión por el optimismo tóxico es otra carga más que la persona en apuros no necesita. La resiliencia no es sobre fingir que no pasa nada; es sobre reconocer el dolor y aun así, buscar el modo de seguir andando.

¿Entonces por qué hay gente que lo consigue? ¿Por qué para algunos parece ser una cuesta menos empinada?

No es magia, ni es una cualidad innata reservada para unos pocos iluminados. Hay un conjunto de factores los que favorecen la resiliencia, y la buena noticia es que, si bien algunos vienen de fábrica o del entorno, otros se pueden trabajar y potenciar en consulta o con esfuerzo consciente.

1. Tener un entorno que te da soporte y apoyo

Esta base, que es un factor muy importante y que también está dentro de la meritocracia, ayuda porque proporciona a la persona una red de seguridad incondicional que le permite tomar cualquier decisión sin miedo a la caída final ya que sabe que va a recibir apoyo. Es una red que dice: «Te apoyamos si fracasas, te apoyamos si cambias de rumbo, te apoyamos si solo necesitas llorar».

Dicho apoyo, actúa como resiliencia al hacerte saber que, si te equivoques al afrontar la situación, vas a poder intentarlo las veces que haga falta hasta que consigas superarlo. Ese entorno de apoyo es como si te diese vidas infinitas en un videojuego. Es vital entender que no todo el mundo tiene ese privilegio. Cuando hablamos de meritocracia en este contexto, es inevitable señalar que la capacidad de resiliencia de alguien está profundamente ligada a su punto de partida. No es lo mismo ser resiliente desde un colchón económico y emocional que te respalda, que serlo desde la absoluta soledad y la precariedad. Para aquellos que no tienen esas «vidas infinitas», el psicólogo se convierte, en parte, en ese espacio seguro, en esa base de apoyo que el mundo exterior les niega. La soledad es el enemigo número uno de la resiliencia.

2. Las características psicológicas de la persona: El peso de la rigidez

Si no eres una persona con una marcada rigidez mental, si logras dejarte fluir de manera adaptativa ante los problemas, es más fácil que sepas superar la situación que te atañe. La rigidez mental es el ancla que no te deja avanzar. Se manifiesta con frases como: “Así no es como deberían ser las cosas”, “Yo no puedo con esto, mi vida tiene que ser de esta otra manera” o “Si no puedo controlarlo todo, no controlo nada”.

Las personas con una marcada rigidez entienden que la vida tiene que ser como ellos creen (frustración) y cuando no es así se bloquean y no logran salir del pozo. Su necesidad de control absoluto se convierte en su cárcel. La vida es cambio constante, es caos, es incertidumbre. Esperar que encaje en un esquema rígido preestablecido es una batalla perdida que genera una ansiedad monumental. En el momento que empiezas a tener una forma de pensar menos rígida, que aceptas que la realidad es como es (no como te gustaría que fuera), empieza la resiliencia, se adaptan mejor al medio y se produce un desarrollo personal. La flexibilidad no es debilidad; es la superpotencia de la mente.

3. Las metas personales: La importancia del propósito

Si la dificultad que estás viviendo no entra en conflicto con tus metas personales, si no impiden que consigas aquello por lo que te estás esforzando, es más fácil que veas el problema con menos carga ansiógena y eso te permita adaptarte y superarlo, por lo que la resiliencia es más sencilla. Es decir, si el jefe te echa, pero tu meta real es montar tu propio negocio, la pérdida del trabajo, aunque dolorosa, se reestructura más fácilmente como un paso necesario.

Si, por el contrario, afecta a tus metas dificultando su consecución, es más difícil ser resiliente. En estos casos, la resiliencia implica un proceso doble y muy duro: el primero es el duelo por la meta perdida o inalcanzable, y el segundo es la búsqueda de un nuevo horizonte. O cambias tus metas vitales, lo cual no siempre es posible sin un profundo trabajo interno (porque implica dejar ir una parte de tu identidad), o buscas nuevas soluciones ingeniosas, lo cual sería una resiliencia en toda regla, pero no siempre se produce de forma inmediata. Ejemplo: si no tienes útero, ni óvulos, no vas a ser madre biológica, tendrías que adaptarte y buscar otras opciones. La resiliencia aquí es la capacidad de re-direccionamiento, de honrar el deseo original pero encontrar caminos alternativos y significativos para satisfacerlo.

4. La reestructuración cognitiva: Cambiar la lente, no la foto

Reenfocar el problema de manera que puedas darle un nuevo significado, es una buena forma de ser resiliente. El problema va a ser el mismo; si te han despedido, estás despedido, y eso no va a cambiar. Pero reestructurándolo, vas a tener más control sobre la situación y con ello vas a lograr manejarlo de manera física o psicológica.

La clave aquí es pasar de una narrativa de «fracaso personal» a una de «evento externo con lecciones». Por ejemplo, un divorcio. El enfoque rígido y no resiliente es: “Soy un fracaso porque no he sido capaz de mantener un matrimonio”. La reestructuración cognitiva busca transformar esa lente: “He vivido un evento doloroso que ha finalizado; a pesar del dolor, he aprendido sobre mis límites, lo que necesito de una pareja, y la fortaleza que tengo para rehacer mi vida.” Cómo se percibe el problema, nos ayuda a buscar nuevas soluciones y nuevos enfoques. El sentido que le damos a la adversidad es, en sí mismo, un acto de resiliencia.

5. Tiempo: El ingrediente secreto (y más subestimado)

El proceso de cambio resiliente es más adaptativo cuando dispones de tiempo para analizar la situación, para asumir lo que se puede cambiar y lo que no y entender la diferencias entre uno te permite adaptarte y recuperarte. El tiempo, en este contexto, no es solo el paso de las horas; es el permiso para pausar. En una sociedad que nos exige inmediatez, darnos tiempo para «digerir» el trauma o el conflicto es revolucionario.

Hay que diferenciar entre la rumiación destructiva (darle vueltas al dolor sin llegar a ninguna parte) y la reflexión productiva (analizar el evento, identificar las pérdidas, y diseñar un plan, aunque sea pequeño). El tiempo que necesitamos es para esta segunda parte, para la introspección calmada. Es parar, tomar aire, y preguntarse: ¿Qué es mío en esto? ¿Qué lecciones saco? ¿Qué necesito soltar (que no puedo cambiar)? y ¿Qué puedo agarrar (que sí está bajo mi control)? Solo con tiempo se puede forjar esa diferencia entre lo que está en nuestra mano y lo que no, que es el mantra de la aceptación.


La crítica al “Mojón” de la autoayuda

El concepto de resiliencia se idealizó hace algunos años como esa capacidad que deben de tener las personas para ser fuertes y enfrentarse a las problemáticas de la vida. Sinceramente, un mojón. Y lo digo así de claro porque he visto el daño que ha hecho.

Al final la responsabilidad de que puedas enfrentarte a situaciones que te desbordan y que encima te hagan crecer terminaba siendo tuya. Si la vida te da el golpe más duro que te puedas imaginar (un despido, una enfermedad crónica, la pérdida de un ser querido), y tú no tienes la energía, la red de apoyo o la flexibilidad mental para «crecer», entonces el sistema te etiqueta. Si no podías es que eras un “débil mental”, un fracasado vital. Como si fuera poco enfrentarte con la situación que te atormentaba, encima tenías que crecer como persona y salir con una lección de vida bajo el brazo… lo dicho, un mojón. Es una narrativa cruel.

Es muy duro estar en consulta y ver gente con una alta autoexigencia destrozados, no solo por lo que les pasa, sino por el no poder con todo en la vida y ser como esas tazas de desayuno que te hacen creer que vas a poder con todo si vas con una sonrisa. Esa autoexigencia es el látigo que les impide ser humanos, ser vulnerables, y pedir ayuda.

El mensaje que quiero dejar claro, y por eso escribo esto, es que la resiliencia no es la meta, sino el camino de la adaptación. No te pido que seas un héroe; te pido que seas tú, pero que no te rindas.

Tratemos de vivir con adaptación, que no es poco. Adaptarse significa sobrevivir, significa no romperse, significa ir al ritmo que tu cuerpo y tu mente te permiten, aunque sea a cámara lenta. Y en la medida de lo posible, busquemos momentitos de felicidad —esos pequeños anclajes al presente que rompen la vorágine. Un buen café, una conversación sincera, un paseo tranquilo.

Con eso, yo me daría por satisfecho. El crecimiento vendrá solo si hay adaptación primero. La paz viene antes que la fortaleza.

Soy Nacho Maquinay, psicólogo en Gijón, ¿Me dejas ayudarte a encontrar tu ritmo de adaptación?

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