Hay días en los que la mente pesa más de la cuenta. El ritmo de la rutina, las preocupaciones acumuladas o esa niebla mental que a veces nos acompaña no siempre se disuelven dando vueltas en el sofá o perdiendo horas haciendo scroll en la pantalla del móvil. Los que vivimos en Gijón tenemos un privilegio terapéutico natural al que muchas veces no prestamos la atención que merece: asomarnos al mar.
En mi consulta de la calle la Merced, cuando noto que una persona está saturada por la ansiedad o el cansancio emocional, que le cuesta activar sus pautas de autocuidado o que apenas se dedica momentos para premiarse ante los esfuerzos diarios, suelo recetarle una tarea tan sencilla como transformadora: practicar la «Terapia del Cantábrico».
No es magia; es psicología ambiental y neurociencia aplicada a nuestra esquina del mapa. Comprarte un helado en la heladería Verdú, en la calle Los Moros, y salir a caminar por el Muro de San Lorenzo tiene un impacto directo e inmediato en tu cerebro. Te explico por qué.
1. El poder del «Espacio Azul»: Lo que el mar le hace a tu cerebro
La psicología ambiental lleva años estudiando el efecto de los llamados «espacios azules» (entornos naturales con agua) en la salud mental. Se ha demostrado que contemplar el horizonte marino reduce de forma drástica la actividad de la amígdala, el centro cerebral que gestiona el miedo, la alerta y la ansiedad.
Cuando caminas por el Muro mirando la inmensidad del Cantábrico ocurre un fenómeno precioso: tus problemas no desaparecen, pero cambian de perspectiva. El movimiento constante de las olas y la amplitud del horizonte actúan como un regulador visual que invita a tu mente a ralentizar sus revoluciones, pasando del modo «alerta» al modo «contemplación». Ante la apertura del paisaje, la molesta sensación de «visión de túnel» provocada por el estrés se disuelve; te sientes más ligero y respiras mejor.
2. El «orbayu», el salitre y los estímulos del presente
Muchas veces nos encerramos en casa porque el día está gris o amenaza tormenta. Sin embargo, la auténtica Terapia del Cantábrico no entiende de estaciones. Caminar con el viento de cara, escuchar el rugido del mar cuando bate contra el borde del Muro o percibir el olor a salitre son estímulos sensoriales potentísimos. Cambias el aire cargado de los espacios cerrados del hogar o del trabajo por la fuerza pura del mar. Sientes, literalmente, que te limpias por dentro.
Este despliegue de la naturaleza funciona como un anclaje sensorial natural (muy parecido a la técnica 5-4-3-2-1 que practicamos en consulta). El frío en las mejillas o el sonido rítmico del agua te obligan, sin esfuerzo, a salir del bucle de tus pensamientos pasados o futuros, trayéndote de vuelta al único sitio donde puedes actuar: el presente. Es el escenario idóneo para hacer mindfulness, aprovechando que tus sentidos están completamente conectados al Cantábrico.
3. Caminar para desbloquear las emociones
El acto físico de caminar —el movimiento bilateral de los pasos— ayuda al cerebro a procesar la información emocional. Si a ese patrón de movimiento le sumas el recorrido de San Lorenzo, desde la Iglesia de San Pedro hasta el Tostaderu, el Rinconín o hasta donde te apetezca continuar, estás combinando el ejercicio físico moderado con la reducción drástica de cortisol (la hormona del estrés) y la liberación de endorfinas.
No hace falta que camines rápido ni que cuentes los pasos en un reloj inteligente. Hazlo de manera consciente. Permítete el lujo de pasear a solas, sin auriculares, simplemente escuchando el mar y respirando hondo.
La próxima vez que sientas que la presión te supera, te invito a que salgas a la calle, busques el mar y te dejes cuidar por él. A veces, la mejor sesión de terapia empieza con un helado y un paseo frente a nuestra querida Playa de San Lorenzo.
Soy Nacho Maquinay, psicólogo en Gijón. ¿Me dejas ayudarte?