Entras en una reunión de equipo, miras a tu alrededor y, de repente, aparece ese pensamiento intrusivo: «¿Qué hago yo aquí? En cualquier momento se van a dar cuenta de que no sé tanto como creen y me van a echar». Si eres un joven profesional (Millennial o Gen Z) dando tus primeros pasos corporativos o liderando tus primeros proyectos en Asturias, es muy probable que te hayas sentido así más de una vez.
Esta sensación constante de ser un fraude, de que tus éxitos se deben simplemente a la «suerte» o a un error del departamento de Recursos Humanos, tiene nombre: Síndrome del Impostor. No es falta de talento; es una distorsión cognitiva que afecta, paradójicamente, a las personas más preparadas y autoexigentes.
1. ¿Por qué se ceba el «Impostor» con los Millennials y la Gen Z?
Las generaciones más jóvenes se enfrentan a un entorno laboral radicalmente distinto al de sus padres. La volatilidad del mercado, la necesidad de reinvención constante y, sobre todo, la cultura del hiperrendimiento que se proyecta en redes sociales como LinkedIn, crean el caldo de cultivo perfecto para este malestar que tanta ansiedad provoca.
A menudo comparamos nuestro «detrás de cámaras» (con nuestras dudas, errores y días malos) con el «escaparate de éxitos» idealizado de los demás. El resultado de esta falsa meritocracia es una sensación crónica de insuficiencia, la creencia de que nunca estamos a la altura de las expectativas y un machaque constante: «No valgo» o «Tengo que ser productivo en todo momento».
2. Las 3 máscaras del impostor en el trabajo
En mi consulta de la calle la Merced en Gijón, veo con frecuencia cómo los jóvenes profesionales canalizan este síndrome a través de tres conductas muy destructivas:
- El perfeccionismo extremo: Te fijas metas inalcanzables. Si el proyecto tiene un fallo mínimo del 1%, para ti es un fracaso absoluto. No hay una valoración real del trabajo hecho, del camino recorrido ni del aprendizaje vital. La única sensación residual es: «No soy lo suficientemente bueno».
- La sobrepreparación (Parálisis por análisis): Sientes que necesitas hacer tres másteres más, leerte diez libros y acumular cuatro certificaciones antes de postular a un puesto o dar tu opinión en una reunión. Aquí influyen mucho las redes sociales, donde miles de vídeos muestran a gente hablando con la propiedad de un catedrático, sin que el espectador tenga en cuenta todo el trabajo de edición, guion y filtros que hay detrás.
- El perfil de «Superman» o «Superwoman»: Trabajas horas extra y te cargas de tareas hasta rozar el burnout (síndrome de estar quemado) solo para demostrarte —y demostrar a los demás— que eres válido. Dejas de vivir para otra cosa que no sea el trabajo y te excusas en promesas autocomplacientes sobre un futuro idílico en el cual, supuestamente, podrás aminorar la marcha.
3. Herramientas psicológicas para desmontar al fraude
Para dejar de sentirte como un intruso en tu propio puesto de trabajo, necesitas reentrenar la forma en que mides tu valor personal y profesional:
- Separa los hechos de tus sentimientos: Sentirse incompetente un martes por la tarde no significa que lo seas. Cuando el «impostor» (ese Pepito Grillo que se encarga de hacerte sentir pequeño a la mínima oportunidad) te diga «no sabes hacer esto», busca la evidencia real: tus títulos, los proyectos que has sacado adelante o las felicitaciones de tus clientes y jefes. Eres una persona válida que está teniendo un mal momento.
- Acepta el error como parte del proceso: Nadie nace sabiendo. Ser júnior o cambiar de sector implica, obligatoriamente, una curva de aprendizaje donde equivocarse es perfectamente normal. Rompe el mito de que los profesionales senior nunca dudan; lo que les ha llevado a ocupar esos puestos es el tiempo y la experiencia. Todo requiere un proceso.
Comparte tu experiencia con tu entorno cercano
- Habla de ello: El síndrome del impostor se alimenta del secreto. Cuando lo compartes con compañeros de confianza o lo tratas en un espacio terapéutico seguro, te das cuenta de que casi todo el mundo en la oficina está jugando al mismo juego de «fingir hasta conseguirlo».
- Desarrolla la empatía: Entiende que la mayoría de las personas se encuentran en tu misma situación y que a menudo llegan a duras penas a sus objetivos. No idealices el trabajo ajeno pensando que no les ha costado esfuerzo, porque al hacerlo los deshumanizas. Lo que ves en ellos son solo sus méritos acumulados, no sus batallas diarias.
- Aprende a no compararte: En el momento en que te comparas con otra persona, uno de los dos sale perdiendo. Casualmente, tendemos a compararnos solo con aquella gente que creemos que está por encima de nosotros en un tema determinado. Ni siquiera comparamos el global: aislamos ese pequeño punto en el que nos superan y lo convertimos en un todo.
Si sientes que el freno de mano mental del síndrome del impostor está bloqueando tu proyección profesional en Gijón, o te está costando la salud y el sueño, recuerda esto: no posees toda la información de los demás para hacer esas comparaciones que tomas como verdades absolutas.
Has llegado a donde estás porque te lo has currado. Nadie te ha regalado nada.
Soy Nacho Maquinay, psicólogo en Gijón. ¿Me dejas ayudarte?